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De cortesana incansable a embajadora en París: la escandalosa vida amorosa de Pamela Churchill Harriman

<img align="left" src="https://static.mujerhoy.com/www/multimedia/202107/01/media/cortadas/[email protected]"/> Fascinada por el poder desde adolescente, Pamela Churchill logró tocarlo con sus manos como la amante de los hombres ricos de su época.
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Tuvo una vida de película que, efectivamente, se plasmó en un telefilme, ‘La escala del poder’ (protagonizado por Ann-Margret en 1998), y un par de
polémicas biografías. Pamela Churchill Hayward Harriman (cuatro apellidos por cada uno de sus famosos maridos) nació Pamela Beryl Digby en una familia claramente venida a menos. Hija del undécimo Barón de Digby, su madre era hija del segundo Barón de Aberdare y se encargó de que su hija tuviera una educación tradicional (o sea, más bien corta y solo hasta los 16) en un internado de Munich donde, por cierto, Unity Mitford le presentó a Adolf Hitler. Logró presentarse en sociedad solo porque su padre ganó una apuesta en la hípica con la que pagar la factura. Pamela lo tuvo, desde el minuto uno, muy claro: heredera de nada, necesitaba salir de pobre. Sobre todo si iba a vivir «en un mundo totalmente controlado por hombres», como ella misma dijo una vez.

Uno de sus amantes, el
barón Elie de Rothschild, solía llamarla «geisha europea» y muchos de sus amigos con o sin derecho a cama la tuvieron por la última gran cortesana. Fue un destino que Pamela Digby (a la derecha de su padre en la foto) se dio a ella misma en la adolescencia, cuando cayó fascinada por la figura de una antepasada familiar, Jane Digby, casada con el anciano y rico Lord Ellenborough. Jane escandalizó a la sociedad victoriana con su agitada vida amorosa: tuvo dos hijos con su primer amante, el Príncipe Schwarzenburg de Austria; se convirtió en la amante del
rey Luis I de Baviera y terminó casándose con un jeque sirio en cuanto este aceptó desmantelar su harem. Gracias a ella, comprendió que la única capacidad de influencia que las mujeres de la época tenían a su alcance pasaba por
controlar a hombres con poder. Y consecuentemente fue en su busca.

Los esfuerzos de Pamela Digby, ‘Panto’ para el escritor Evelyn Waugh, eran contemplados con irónica distancia por su aristocrático círculo social. Nancy Mitford la consideraba «una pequeña pelirroja rebotada de todas partes y, comparada con sus contemporáneas, una broma». A los 19, aceptó una cita a ciegas con Randolph Churchill, el alcohólico y decadente hijo único de sir Winston Churchill. Al final de la cena ya había recibido y aceptado su proposición de matrimonio: el famoso crápula se lo había pedido anteriormente a ocho mujeres, sin éxito.

El matrimonio fue un desastre, pero Pamela logró vivir en Downing Street y convertirse en una hija para su suegro y un soplo de aire fresco entre los importantes personajes que rodeaban al Primer Ministro.
Lord Beaverbrook la adoptó como su mentor, el enviado de Franklin Roosevelt
Harry Hopkins se hizo confidente y cómplice y
W. Averell Harriman, millonario hombre de negocios, diplomático y congresista demócrata, se convirtió en su amante. El primero de muchos.

Harriman estaba casado, pero le pareció el hombre más guapo del mundo y se entregó a su placer y bienestar. Él tenía 49 años y ella, 20. Como este pagaba sus gastos,
Pamela dejó a su hijo Winston con su familia paterna y se trasladó a un apartamento en Grosvenor Square, barrio favorito para los expatriados estadounidenses. Paralelamente a su ‘affaire’ con Harriman, la aún señora Churchill inició relaciones paralelas con
John Hay Whitney, más tarde embajador estadounidense en Reino Unido, y el mítico periodista de la CBS
Edward R. Murrow. Al terminar la guerra, el compositor William Walton aseguró que «Pamela era la única persona en Londres que recibía correspondencia de
tres personas presentes en la conferencia de Yalta».

En 1946, Pamela Churchill (aquí fotografiada por Lee Miller) se enfrentó a un doble golpe: su suegro ya no lideraba el gobierno y el previsible divorcio. Con Harriman como embajador en Moscú, pudo escapar a París como corresponsal del periódico ‘Daily Express’, propiedad de Lord Beaverbrook. Allí continuó con su exploración del poder a través del sexo: fue amante del Príncipe Aly Khan, el hijo playboy del Aga Khan que más tarde se casaría con Rita Hayworth; y de
Gianni Agnelli, heredero del imperio Fiat, quien la instaló en un apartamento en la Avenida de Nueva York, con chófer incluido.

Pamela fantaseó durante una temporada con la posibilidad de casarse con el italiano Agnelli. Sin embargo, este le aclaró rápidamente que no entraba en sus planes una esposa divorciada: ya tenía en mente desposar a la princesa Marella Caracciolo di Castagneto. Infatigable, Pamela dirigió todas sus atenciones al banquero y barón Elle de Rothschild.

El Barón se encargó de adiestrar a Pamela Churchill en las delicadezas del vino y la historia del arte. Paralelamente, esta veía al inmensamente rico armador Stavros Niarchos. A estas alturas, su voracidad en lo que se refiere a hombres ricos se había convertido en legendaria, tan famosa como su incapacidad para convencer a alguno de ellos para volver a llevarla ante el altar. «Pero yo no tenía ninguna intención de volver a casarme», explicó Pamela en sus memorias sobre esta loca fase de su vida. Cuando la
reina Isabel II realizó su primera visita oficial a Francia en 1957, la mujer del embajador británico se negó a invitar a Pamela a la cena de gala: «No pienso recibir a esa zorra en esta embajada», dicen que dijo. Finalmente se vio obligada a trasladarse de París a Nueva York para evitar ser asesinada: la mujer de Rothschild, Liliane, estampó su coche contra el de Pamela en plena calle.

Recién llegada a Nueva York, en 1959, Pamela conoció al productor de Broadway Leland Hayward. Millonario y famoso gracias a ‘The Sound of Music’, lo conquistó mientras su mujer, la conocida socialite Slim Hayward, pasaba unas vacaciones fuera de la ciudad. Dicen que Pamela «pasó de no saber absolutamente nada sobre Broadway a recitar los éxitos de la taquilla teatral en dos semanas». Durante los 11 años siguientes, Hayward disfrutó de la completa
devoción y entrega de Pamela, siempre atenta a servir sus platos favoritos y ejercer de perfecta anfitriona con sus amigos en cualquiera de las mansiones del productor.

Leland Hayward murió en 1971, y Pamela tuvo que ver cómo los tres hijos de un matrimonio anterior con la actriz Maureen Sullivan se llevaban más de la mitad de su fortuna. «¿Cómo es posible que haya estado tantos años con un hombre que me ha dejado tan poco», llegó a decir. La acusaron de lucir un collar de perlas que Sullivan le había dejado a su hija Brooke.

El día después al funeral de Hayward, Pamela concertó una cita con Averell Harriman, su antiguo amante. Se encontraron en una fiesta en casa de Katharine Graham, la editora de ‘The Washington Post’. Se había enterado de que se había quedado viudo y no perdió ni un segundo: se casaron en septiembre de1971, seis meses después de la muerte del productor y días antes de que Pamela le diera el finiquito a un breve romance con Frank Sinatra. Ella tenía 51 años y él 79: una edad perfecta para integrarse en la intensa actividad política de Harriman en favor del partido demócrata, como
la gran anfitriona de los políticos progresistas de la era Reagan en Washington. Cuando Harriman murió en 1986, Pamela heredó 115 millones de dólares, no sin antes vender un Picasso, un Matisse y un Renoir que pertenecían a los hijos del finado.

¿Cómo llegó una mujer sin formación relevante ni experiencia previa al puesto de embajadora de Estados Unidos en Francia? Fácil. Decían las malas lenguas parisinas que si soltabas a Pamela con los ojos cerrados en una fiesta, era capaz de detectar solo por el olor quiénes eran los hombres más ricos y poderosos. Ese detector de influyentes debió jugar a su favor cuando decidió financiar la campaña presidencial de un desconocido ex gobernador de Arkansas, el más tarde cuadragésimo segundo presidente de los Estados Unidos
Bill Clinton. Pamela Harriman fue la primera en contribuir a su éxito electoral y, además, recaudó 12 millones de dólares para el partido demócrata. Por eso, y por haber puesto en contacto a Clinton con Al Gore, el Presidente la premió con una de las embajadas más preciadas en cualquier carrera diplomática.

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Pamela Harriman murió a los 76 años de una hemorragia cerebral, sobrevenida mientras disfrutaba de su habitual baño matutino en la piscina del hotel Ritz de París. Sus últimos años como embajadora estuvieron marcados por el éxito. De hecho, el presidente Jacques Chirac le dedicó unas palabras muy significativas al conocer su fallecimiento en 1997. «Decir que fue una representante excepcional de Estados Unidos en Francia no le hace justicia a sus logros.
Prestó a la larga alianza de nuestros países la fortaleza radiante de su personalidad. Era la elegancia misma, una diplomática sin parangón». En su obituario en el ‘Daily Mail’ se escribió lo siguiente: «Cuando los historiadores repasen el siglo xx, encontrarán
trazas del lápiz de labios de Pamela Harriman por todas partes».

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